viernes, septiembre 13, 2013

Lo bello de lo real.

Georges Braque 'Seated Nude', 1906, Milwaukee Museum of Art,
 Milwaukee, Wisconsin by hanneorla

Levante el telón de su mente
Y deje salir sus pensamientos.
Quite con delicadeza la sábana pura que cubre el capullo.
Usted como un paisaje lejano.
Las manos que la buscan con urgencia.
Los labios que corren hacia usted
Temerosos pero feroces.
¿Quién la hizo tan perfecta?
Para adorarla fue hecha.
Para acariciarle hasta lo intangible.
Es un laberinto.
Quieren entrar, pero no salir.
Andar en aquellos ojos sublimes
Y nadar en el aroma que despide.
Curvas preciosas.
Tan tierna y vil.
El veneno que quieren consumir.
Morir de usted
O vivir para usted.
El dilema.
Se siente observada y le gusta.
Pestañas como alas de mariposas,
Ojos como piedras preciosas.
Bendita su piel por tan sólo cubrirla.
Malditos los que la ven con indiferencia
Y pobres sus esclavos anónimos.
Buscan una puerta para entrar a usted.
Sólo hay una ventana que obliga a asomarse.
Pura y experta.
Absortos ante su esencia.
El mundo la venera
Y asesina a los herejes.
Los herejes la asesinan.
El sol se esconde,
El cielo llora
Y las flores nacen.
Pero la envidian,
Pues aun cuando es pisoteada
Sigue tan erguida como siempre.
Afortunada usted de ser suya.
Y venturosos los que reciben su amor de vuelta.
Usted, tan propia,
Se entrega sin reparos cuando aprecia,
Generosa innata,
Para marchitar lentamente,
Cubrirse de nuevo con la sábana
Y bajar el telón finalmente.

miércoles, septiembre 11, 2013

Déjeme todo, pero no me deje.

Vuillard
Déjeme morir en sus besos.
Déjeme volar en su cielo.
Déjeme nadar en su mar.
Déjeme coger de sus flores
Y cultivar en sus jardines.
Déjeme respirar su aire.
Déjeme tomar su sol.
Déjeme, se lo pido, contar sus estrellas.
Déjeme correr en sus campos.
Déjeme navegar en sus suspiros
Y bañarme con su lluvia.
Déjeme escalar su sonrisa
Y descubrir sus continentes.
Déjeme comer de sus frutos.
Déjeme dormir con su luna.
Déjeme vivir en sus ojos
-cuevas misteriosas-
Déjeme oír su silencio
Y contemplar sus palabras.
Déjeme recorrer sus llanuras.
Déjeme tropezar con sus piedras
Y viajar en sus ventiscas.
Déjeme bailar a sus noches.
Déjeme recordar en sus olvidos.
Déjeme brillar en sus auroras.
Déjeme escuchar sus orquestas
Y soñar en sus poemas.
Déjeme arroparme con su resplandor.
Déjeme vivir en su agonía
Y observar sus eclipses.
Déjeme hacerlo y serlo.
Pero, por favor, no me deje a mí.

sábado, septiembre 07, 2013

Dime, amor mío.

Paul Klee, Hesitation, 1906
¿Por qué vuelas si no tienes alas?
Corres como el agua en el arroyo.
Luces tan libre como el viento y las aves del campo.
Dime qué es lo que esconden tus manos.
Qué es lo que guardan con ferocidad.
Tus ojos, estrellas brillantes
Guían mi camino en la oscuridad.
Sin embargo, sólo iluminan lo necesario, nunca más allá.
¿Por qué sonríes si no tienes boca?
Se escucha un tarareo suave y somnífero.
Los grillos nocturnos tocan el violín con destreza
Y las ranas llevan a cabo su cotidiano canto.
Veo poco, pero siento todo.
El frío me congela hasta el alma,
Llegas con tu elegancia a calentar mi ser,
Quemándome sin misericordia con tu belleza intangible.
¿Por qué me seduces sin yo haberte encontrado?
Te busco con ansia
Sin darme cuenta que eres todo lo que veo.
Camino solitaria y melancólica
Tú me acoges en tu regazo oscuro.
Los árboles me rodean y me miran con curiosidad
Preguntándose qué es lo que ves en mí.
Sé que estás ahí, pero no te descubro.
¿Por qué te amo sin haberte visto?
Las flores dormidas abren a veces sus pétalos,
Contemplan el espectáculo interesadas.
Me doy cuenta de ti, de lo que eres.
La brisa lo dijo casi inteligible.
Eras tú, la noche negra y estrellada.
Subí entonces para que danzáramos.
Brillamos en el campo oscuro, frente a los animales nocturnos.
Ahora, ¿por qué aquella luminosidad intensa nos ahoga lentamente?

viernes, septiembre 06, 2013

Simplicidad

Antonin Hudecek, Evening Silence, 1900

La oscuridad de sus ojos me hacía querer ir hacia ellos, navegar en ese océano tan calmo y misterioso y descubrir lo desconocido. Pero se trataba de una diminuta curiosidad, común en las personas, descubrirlo no era mi principal objetivo. Conocerlo era odiarlo. Por tal razón, lo amé como pude mientras lo desconocía. Adoré aquellas transparencias y vacíos en su ser. Pinté una imagen suya con lo que imaginaba que era usted, para amarlo puramente, para observarme a mí misma en lo que había hecho de su persona. Vernos, pues, era una maldición, era auto flagelarnos con silencios manchados de desdicha e imposibilidad. Busqué en su mirada una respuesta para mis preguntas no formuladas. Yo, una masoquista. Hallé ternura, sin embargo, sombras y superficialidad también. Usted, tan tradicional, buscaba con locura conocerme. Aprovechaba todas las oportunidades para sacar información mía, información que muchas veces yo ignoraba. Yo le respondía con mi silencio, deseando en el fondo que usted me amara sin conocimiento, que usted me correspondiera el silencio. Entonces, yo misma rompía aquel mutismo con preguntas vacías que no iban dirigidas a usted. Las lanzaba al aire para que se las llevara como hojas secas. Usted seguía la corriente del viento, cazando con dificultad las hojas tostadas que jamás había visto. Las acogía suavemente tratando de no romperlas y me respondía con cautela. Enseguida, todo se hacía polvo en sus manos. No había más viento ni hojas. Sólo el recuerdo de ellas, que yo procuraba grabar en mi memoria como adorno del paisaje total. Entonces, usted me miraba como queriendo adivinar mis pensamientos, de los que al fin y al cabo era dueño. Lo pensaba con severidad, usted era mi inspiración, también mi creación. A pesar de ser todo tan confuso, decidí no comprender nada. Era usted un camino que se debía andar con precaución para no tropezar y caer. Sin embargo, algo en mí deseaba tropezarme con esa piedra gigantesca. Maldije mis deseos incontrolables de dejarme mojar por esa lluvia desconocida. Me detuve infinitas veces antes de mirarlo, borrando todo rastro de esperanza en mis ojos. Después pasó lo inevitable. Como el sol en la mañana, salió usted de su escondite, quemando con voracidad la imagen que yo había creado de usted. Y yo, sin más, me quedé frente a aquel fuego mirándolo con cierta ironía y nostalgia a la vez. El miedo me llenó, brotaba por mis poros y me reventaba las venas. El pánico de haber ido más allá me estrangulaba sin misericordia. Sufrí inmensamente. Por mí, una ególatra y por usted, un ingenuo. Lo odié, no por conocerlo, sino por haberse dejado conocer. Me odié, entonces, por haberlo amado. Fui llenándome de odio con cada respiro, cada parpadeo, hasta que fui odio puro. Me volví negra, toda negra de mirada, voz y ser. Supe, por consiguiente, que había tropezado sin remedio y que había caído fatalmente. Murieron mis sentimientos, como mueren los peces en la tierra. Murió usted, mejor dicho, la imagen que tenía de usted, y quedó frente a mí otro que no era mi amado, un sujeto que aborrecía. Me puse de pie, sin mirarlo, y me marché sin decir nada suspirando melancolía e ira. Usted se quedó con su ser verdadero que yo no había querido recibir. Quedó también con interrogantes infinitos que yo bien sabía pronto olvidaría. Entonces nos olvidamos mutuamente, dejamos que el tiempo se llevara aquellos condenados recuerdos, pero nuestras almas siguieron sintiendo el vacío y la añoranza del acontecimiento pasado. 

lunes, septiembre 02, 2013

Después de la lluvia.

Untitled - Zdislav Beksinski
Algún día lloverá y los árboles crecerán. Las nubes dejarán de esconderse, el sol se sentirá intimidado y se irá. Los animales dormirán por una pequeña eternidad y los humanos maldecirán. Algún día, después, el cielo estará despejado, tanto, que se podrán ver las estrellas. Sin embargo, no las mirarán, porque estarán secando los charcos que la lluvia haya dejado. Los animales adormilados aún, miraran al cielo y volarán hacia él, con o sin alas, se irán para no volver. Las estrellas morirán entonces, no de viejas, pero de ser ignoradas. Caerán y se convertirán en polvo invisible antes de tocar el suelo. El sol se desvanecerá junto con ellas y con él la luna y todo lo demás. Todo el cielo estará muerto, oscuro, vuelto una nada. Nadie se dará cuenta, hasta que no haya agua qué secar, hojas qué recoger, animales qué cuidar. Luego, añorarán algo que desconocen. Observaran la nada en la altura y sentirán nostalgia. Se preguntarán por aquello tan oscuro, simple y vacío. Nadie responderá, un gran silencio los estrangulará. Se mirarán unos a otros buscando lo que no se puede encontrar, tratando de averiguar lo inexistente. El agua, entonces, parecerá limpia, preciosa, pero extraña y ajena a ellos mismo. Se secarán los ríos de pura melancolía. Las luces falsas se apagarán por respeto. Todo quedará en tinieblas, no obstante, nadie dirá nada ni sentirá miedo. Sólo una terrible aflicción y pesadumbre. Sentirán que han perdido algo valioso y poco a poco desaparecerán. Primero sus ojos, innecesarios en la lobreguez desgraciada. Enseguida sus pies, al no tener caminos que andar. Luego sus piernas. Sus manos, de no ser tendidas a nadie. Por último, sus bocas lanzarán el suspiro final y se marcharán. Y así, lentamente, es como se hará la oscuridad a partir de un cielo abandonado.  

domingo, septiembre 01, 2013

Sol tardío


Landscape in Csik (Transylvania) - Istvan Nagy
Al sol se le había hecho tarde para posarse. O eso era lo que creía la flor, tan nueva, bella y delicada, que contaba cada segundo y cada ola de viento frío. No era una flor cualquiera, sino una única, de un color maravilloso, el que usted crea propicio. La florcilla de color maravilloso había nacido aquel día, pero aquel día también quería morir. Estaba sola entre las hojas verdes con manchas amarillas; los árboles viejos y silenciosos, unos sin tantas ramas, otros con el tronco rugoso y con moho; el pasto corto, verdoso, con algunas zonas amarillentas y secas por el sol; ahí también estaban unas aves coloridas y otras opacas, unas silbando y las otras calladas con ramitas en el pico; algunas pequeñas hormigas se alcanzaban a ver en la tierra, en las ramas caídas de los árboles y hasta en los mismos árboles; había también otras plantas alrededor, pero tan verdes, tan tristes, sin flor alguna o capullo. Le entristecía aquello a la flor de color maravilloso. Le parecía que el sol no se movía, que el día no pasaba, que su vida sería larga y la soledad la acompañaría hasta su agonía. Los árboles eran callados y se movían con melancolía. El pasto sólo parecía servir de decoración en el jardín, no parecía molesto con las hormigas, pero sí resignado a tener que soportar los caminitos formados por ellas. Las aves cantaban, armaban los nidos para sus futuros polluelos y dormían. Nada más, ni un pequeño silbido a la flor, ni se acercaban. Sin embargo, la flor estaba un poco aliviada por ello, pues los pájaros, que tan lindos se veían, podían arrancar las ramitas de su planta, o arrancarla a ella. Quería morir dignamente, no devorada por un pájaro o, peor, hecha un nido. Quería morir como cualquier flor magnífica, marchitándose poco a poco, cada día.
Observaba las plantas vecinas y no veía rastro de flor, ni un pétalo tendido en el suelo, ni una hormiga cargado un trocito colorido. Le parecía eso terrible. A pesar de ser la única flor allí, nadie parecía asombrarse o admirarla. Todos la ignoraban, seguían en sus asuntos de plantas, árboles y animales.
A lo lejos, alcanzó a ver un puntito flotante, era pequeñísimo. Volaba entre las ramas de los árboles como buscando algo. A la flor le hacía gracia ya que lucía un poco torpe y a veces se chocaba. Pronto se fue acercando. Era una abeja pequeña. Voló cerca de las otras plantas, luego se acercó a la flor y se posó en una de las hojas de su delgado tallo. Ella no dijo nada, sólo observó atentamente los movimientos del animal. Eran tan delicadas sus patas, con tanta suavidad caminó en la delgada hoja que apenas soportaba su peso. Encrespó sus pétalos, queriendo parecer más hermosa de lo que era. Se puso erguida, pero con sensualidad. La presencia de la abeja hizo que su color maravilloso se avivara mucho más. Voló el animalito y se detuvo en uno de los pétalos. Se miraron un rato. La flor, que antes había deseado que el sol se moviera y el día pasara, quiso ahora quedarse así con la pequeña abejita, quiso que el sol se quedara como una mancha de pintura en el cielo. La bolita con alas estaba atónita ante el esplendor de aquella flor. Sus pétalos tan perfectos y redondos, coloridos, pero no extravagantes. Su tallo fino y frágil. El perfume que emanaba la embriagaba. Era lo más hermoso que había visto. Quiso ser abrazada por ella, ella quiso abrazarla. Atraparla entre sus colores y olores. Sin embargo, su romance duró poco tiempo, el sol ahora se había movido. El día pasaba. La abeja estuvo un rato en sus pétalos, mirándola, como despidiéndose, y finalmente se marchó. La flor, aunque la entristecía un poco el hecho de que su amor se hubiese ido, se sentía mejor que antes. El sol lentamente iba cayendo en el horizonte y manchaba de anaranjado el jardín. Observó el atardecer. Ahora, para ella, los árboles bailaban de júbilo, las plantas sin flores parecían reír, las hormigas llevaban menos carga y parecían marchar al ritmo del canturreo de los pájaros sentados en las ramas. Todo era diferente ahora. Pronto marchitaría y dejaría nada más que sus pétalos regados en el pasto y su tallo seco. No obstante, su diminuta vida no habría sido en vano, pues había conocido a la abeja más hermosa y la había amado unos segundos.
En el jardín no volvió a nacer rosa alguna. Los árboles continuaron su cotidiano baile al viento. Los animales a lo suyo. Nadie habló nunca de la flor de color maravilloso, mas todos la recordaron. Lejos de allí, crecía otra flor, nacida del amor entre la flor majestuosa y la abeja espléndida.

    

Mi primer amor, la música.

The Sonata by Irving Ramsey Wiles, 1889
Ayer quise ahogarme con el sonido melodioso de los violines y las flautas. Cerré los ojos para agudizar mi oído y tragué saliva con dificultad. La música hacía que imaginara cosas bonitas, paisajes clandestinos y momentos inolvidables aunque falsos. Volé entre mentiras aquella noche, caminé alrededor de las fantasías creadas por una mente perturbada, pero creativa y optimista. Salté charcos de sueños estancados. Sonreí por un momento, con los ojos aún cerrados a pesar de la oscuridad de la noche sin luna. El cielo, como yo lo imaginaba, estaba despejado y sin estrellas que contar. Hacía calor y, a veces, pequeñas gotas de sudor que acariciaban mi rostro me distraían de los pensamientos y alucinaciones. Pensé en los sonidos de la orquesta como un océano perfecto de emociones. Quise nadar en él, dejarme llevar por las olas, empaparme de pies a cabeza de los apasionados ritmos. Quise ahogarme. Terminar junto con la canción. Y finalmente terminó. Sin embargo, yo seguía respirando puro silencio y aquel silencio me quemaba la garganta. La siguiente canción llegó a seducir mis oídos. Volví a caer de golpe en el estado de trance anterior. Mi corazón latía casi al ritmo suave del piano, como queriendo ser parte de la música. Creo que dejé de respirar, de oler, de oír, para ser parte de aquellos sonidos maravillosos. Me desvanecí, floté en la nada. No me ahogué, sino fui parte del gran océano. Ya no era sudor lo que rodaba por mis mejillas, eran lágrimas de felicidad quizá o de sosiego y paz.